
La casa de Najah, de 65 años, y Mohamed Hantay, de 82, se encuentra en una vía conocida como "calle de la muerte" en el centro de la segunda ciudad de Siria.
Situada entre el barrio de Midan, controlado por el régimen, y la parte de Bustan al Basha en manos de los rebeldes, el callejón fue escenario de los peores combates entre los bandos rivales.
El ejército ha reconquistado su barrio, pero la pareja sigue temblando de miedo al recordar los francotiradores, los bombardeos y el hambre que los atenazaba.
"Estábamos en el frente (...) Recibíamos disparos de aquí y de allá", explica Najah, señalando con las manos el origen de los tiros.
En su calle, la mayoría de los inmuebles se han derrumbado, y las aceras y la calzada están cubiertas de cascotes y trozos de metal. El humo de los incendios ha ennegrecido las paredes y las antenas están llenas de impactos de bala.
"Estábamos entre dos fuegos, pero sobrevivimos", dice Najah, mientras acaba de fregar su pequeña vivienda en la primera planta de un edificio.
Por la noche, su mayor temor era que la estantería situada sobre su cama le cayera encima.
"Cada día un obús caía [muy cerca] y las puertas se quebraban... Esperábamos la liberación", cuenta Najah, que lleva un velo blanco con lunares negros, una rebeca malva y un vestido azul.
"No podíamos movernos y nadie se interesaba por nosotros".
Como numerosos habitantes de Alepo, la pareja llevaba una vida tranquila antes de que la guerra alcanzara la ciudad norteña en 2012, un año después del inicio de la revuelta en otras zonas de Siria.
"De repente nos quedamos atrapados entre dos posiciones", dice Mohamed, que viste varias camisas para protegerse del frío.
Para colmo, la guerra los separó de su familia, ya que la casa de su hijo y sus seis nietos quedó en zona rebelde.
Foto: AFP




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